viernes, 23 de diciembre de 2011

TRANSCURSO


TRANSCURSO
Relato corto a destiempo



En el transcurso de esta noche, más bien tarde oscurecida, creo que volveré a recuperar un poco la cordura, durante todo el día he ido perdiéndola, aunque no recuerdo muy bien porqué ni cuando ha sido el momento en el que verdaderamente la he perdido o se me ha ido totalmente de la cabeza.
Ah, ah, sí Sofía, je je je je, “la ley de extranjería para la reina Sofía”, qué estoy diciendo, je, je, je, ah sí lo del periódico, no me lo creo, otro coche de bomberos, ya son dos, ahora de policía, no puede ser, alguien ha cometido un error en su vida o puede que haya arruinado la vida de alguien.
 Bueno cuando llegue a casa hoy sólo me espera una buena ducha, ¿veré la televisión?, no creo, qué veo, no habrá nada, seguro, creo recordar que algo sí había, no lo sé, ¡va! no me acuerdo.
La esquina con la C/ Gómez Suarez, es un hervidero, la policía y los bomberos, algo ocurre en el 42, ah sí, si es en el 4.C, ¿mi qué?…
Vuelvo a dar vueltas, creo que esto ya lo he visto, mira, otro padre más con su corbatita, esa es rosa, no podría ser más hortera, con sus tirantes, demasiado gordo, calvo, camisa de rayas, su hijo se acerca por detrás, lo ha descubierto, lo coge en sus brazos. Te imaginas que hubiese pasado si Sofía no se hubiese tomado la píldora, ¿estaría yo así?, ¿volvería a casa y lo tendría también que descubrir?, ¿ cómo lo llamaría?, ahora no me acuerdo, pero sí me acuerdo que Sofía decía una y otra vez, que no, que éramos muy jóvenes, creo que un poco menos que ahora, aunque claro, ella terminaba sus estudios, ¿de?, ahora no me acuerdo, hace ya tanto tiempo que me dejó, ¿tanto?, no creo, sí ya hace cuatro años, ¿cómo pasa el tiempo? Y dicen que si pasa así de rápido es porque lo has vivido intensamente, yo al menos.
¡No tengo que ponerme a lamerle el culo a nadie!, sí, ni a usted, venga ya hombre, ahora qué, sí un parte, bueno pues la verdad que de parte en parte, quiero la mía, sí, la que me deben desde hace tres meses, o es que ya no se acuerdan que no cobramos en esta puta empresa desde hace tres meses, eso no, de eso no se acuerdan, claro, como usted sí que recoge su parte todos los meses, claro, ahora nada de nada, ¿si se puede fumar en el trabajo?, joder, después de diez horas pintando persianas blancas, ahora rojas, porque el señorito las quiere rojas, no azules, ahora deben de ser azules, o tal vez negras, sí, ¿porqué no las quiere negras?, irían muy bien con su mierda de vida, no, no le estoy faltando el respeto, sí señor Tau, no iba por usted, además a mí que me importa, si se lo toma como algo personal allá usted, la verdad que no me estaba fumando un cigarro, no señor Tau, no, no acabo de tirarlo, ¿sí? Ya sé que está prohibido por el reglamento estatal, sí, joder, e incluso el propio de la fábrica, vaya mierda muchas gracias, sí la camisa, bueno, vale, buenos días.
Las ocho de la mañana, el puto despertador otra vez, tengo que comprarme uno nuevo o ponerle una pila nueva, este ya me está dando problemas. Pues la verdad que no me puedo quejar, porque mira lo que dice el periódico, sí café con leche gracias, y una tostada perdona, gracias, mira, otro accidente laboral, si es que no miran por nosotros, y luego claro, sin nosotros cómo sacarían las cosas adelante, la vida está muy mal, si es que vamos de culo, ¿página cincuenta era?, lo de la subida de las hipotecas, a ver, sí, mira, un 18% más, menos mal que yo no tengo ninguna, aunque claro si quisiese comprarme un piso, de donde saco yo para poder pagarlo, con los setecientos euros que cobro, mejor me quedo como estoy que al menos puedo pagar el alquiler, de todas maneras a mí no me clavarían nunca una de esas, a mí no chico.
Mira, los estudiantes en huelga, estos sí que viven bien todo el día en la calle, aunque claro, es que según decía el panfleto ese, les va a costar más caro estudiar ahora, no sé para qué, cómo está el trabajo, menos mal que mi primo me metió en la fábrica del señor Tau que si no, veríamos como estaba.
Las seis, buah, que sueño he tenido, otra vez el mismo de siempre, ¿quién será?, no logro reconocerla, una y otra vez, no consigo verle la cara, pero la verdad es que me resulta conocida, ¿cómo tenía el pelo?, rubia, no, morena y pelo corto, bueno ¿me dará tiempo a ducharme?, no, mejor bajo y desayuno, ¿dejé el calentador ayer encendido?, no, vah no creo, lo apagué, sí, seguro, ¿a qué huele?, será el tabaco, joder, tengo que habituarme a fumar después de darle al menos un sorbo al café. Vale, las escaleras como siempre, ninguna limpia, qué será ahora, sí Emilio Lascoy Almach, la manía de tirar las cartas al suelo, ya hablaré con el casero, esto no puede ser, hombre, nos tiene que poner unos buzones, hablaré con la vecina de al lado, ella estaba de acuerdo en la última reunión, aquí estas, sí, 4C, C/Gómez Suarez, la mía. Bueno, soleado, vamos a ver qué día me espera hoy, Paco está abierto, muy bien un cafelito y al curro.







Iván Sánchez Marcos
“Desterrado vive el hombre, pues su jugo de papel y lágrimas, enmudece cada día con más ahínco en la tempestad”; cita del autor.

SAGRADA LUZ ETERNA


SAGRADA LUZ ETERNA















IVÁN SÁNCHEZ MARCOS

En este mismo momento, a esta misma hora, en cualquier ciudad de cualquier parte del mundo, ocurre lo que en estas páginas se cuenta a continuación.

Día nublado con principios de llovizna amenaza cautelosamente la mañana de un jueves cualquiera, en el monótono devenir para un solitario individuo en su primer día de trabajo.
Atrás quedaron los días de universidad, en los que como todos sabemos, se suele convertir en magnífico, tal vez cierto día comenzado con un disgusto académico.
El nerviosismo, la pasión, la incertidumbre, el saber, la entereza o la extraña sensación de ser maduro, empujan a Larry Smiles a saltar antes de hora de la cama. En aquella vieja habitación del barrio de StoneTought, al sur de Birminghan.
Su puesto como forense va poco a poco en aumento, ahora se queda encargado del depósito de cadáveres.
-          Mamá diría que soy afortunado, y que me lo merezco, por el tiempo empleado en mis largos años de estudio.
Al salir a la calle, los huesos se le hielan, aún en otoño, el frío inglés es bastante insoportable, como si de invierno se tratase. Aprieta la cara al recordar el invierno pasado. Camina por la calle Advisory, hasta cruzar en el puente Halley, ante sus ojos el hospital “Antique Clement”, de gran prestigio, con unos doscientos años de antigüedad, de ahí su nombre, recién modificado.
Larry debe ir a hablar con el señor Aston, su jefe de sector, del cual no ha escuchado muy buenas noticias; alcohólico, solitario y muy dado a ciertos trastornos, unos dicen que psicológicos, otros que solo se trata de una depresión tras el suicidio de su encantadora esposa. En la actualidad se encuentra en tratamiento con el psicólogo del propio hospital.
A su llegada, Larry comienza su primer día de trabajo, con una breve visita a la cafetería del hospital, la cual, en los próximos diez o doce meses, con un poco de suerte, se convierta en más que habitual, su café, su estancia e incluso, su más que horripilante comida.
La estancia era fría, sólida como el metal del cual eran recubiertas todas las cajas, en las que se guardan todos los cuerpos.
La impresión de escalofrío al ver al señor Aston, fue más que perceptible por éste. Su cara demacrada por más de una noche sin poder conciliar el sueño era bastante apreciable, a la vez que el olor del alcohol en su ropa, era más que asfixiante.
Al escuchar las órdenes del señor Aston, parecía las de un sargento mandando su tropa. Sorprendió tanto a Larry, que ese primer día se convirtió en una semana de trabajos forzosos: autopsias, desgarros, asesinatos, atropellos, suicidios, todo en un primer contacto. Traspasando el hilo académico del personaje, para recrear el terror de cada individuo al que realizaba la intervención.
Los historiales detallaban con el macabro arte de la exposición médico-forense, cómo había sido asesinado por arma blanca, cómo el cuello se rompió tras el nudo de la soga, cómo el corazón reventó tras el choque con el vehículo y un largo, pero que largo etc, que hicieron que Larry, recordara con añoranza los días pasados en el campus de la universidad.
A las diez de la noche llegó a casa como si de una cárcel hubiese salido. Acentuando todo lo bonito y positivo del hogar, aunque fuese tan pequeño y solo contara con una cama, una mesita y la ventana que daba al cementerio. De ahí su más que barato precio de alquiler, apreciando este factor, Larry se encontraba en su hogar.
Las noches claras de luna llena, recuerda cómo se pasaba las horas muertas mirando por la ventana y observando cada uno de los metros cuadrados, pocos metros de ese oscuro, viejo y enmohecido campo santo.
Larry se quedó dormido como un bebé sobre el regazo de una madre, aunque él lo hizo sobre el regazo de su almohada, con la ropa puesta.

Padeció de nuevo el sentido metálico del lugar de trabajo. Se mantuvo más serio de lo normal, el señor Aston pretendía formarlo como si de un estudiante se tratase. Cosa que hacía bastante tiempo que había terminado, pero la situación laboral en la que se encuentra la juventud con o sin estudios en una de las ciudades con mayor número de desempleados del país, pasa factura hasta para los que se consideran unos grandes miembros de la destacada orden académica.
Con la luz tenue de la lámpara repasaban el último caso de un asesinado, individuo de corta edad, estatura media, pelirrojo el cabello y de tez blanca. Se provoca una incisión en el abdomen para analizar el estómago y continuadamente los órganos vitales.
En ese instante, con el bisturí surcando la piel blanca, pálida por la falta de riego sanguíneo entre ella, sintió detrás de él un aliento frío, evocador de un escalofrío similar al escuchar el rechinar de una pizarra que es recorrida por las uñas. Su espasmo fue capaz de levantarlo del suelo provocando que el bisturí se introdujese en el interior del cuerpo, no de la forma más deseada por un forense cualificado.
Lo que ocurrió en ese instante, todavía lo recuerda con claridad, precisión e incluso dejando bien abiertos los ojos al narrarlo.
Me estremezco al escribirlo en este instante, recordando su faz y escuchando su voz en el grabador.
El músculo abdominal se encogió, se alteró su estado inamovible. ¿Espasmo corpóreo producido por una reacción física?, en esos momentos no entendía nada, no daba crédito a lo que había observado.
Recordó e hizo memoria, sobre las explicaciones del profesor Howthrone en la universidad, “espasmos físicos creados por intromisiones químicas artificiales en los músculos, en cuerpos recién fallecidos”. Aunque este individuo llevaba muerto más de un día, cómo, no era lógico, no era racional, la ciencia que él conocía no lograba explicar la situación, ni lo experimentado.
Tras él apareció como si de una sombra se tratase, el señor Aston. Pálido, cansado, sudorosa la frente;
-          ¿lo has sentido Larry?, dime la verdad, no puedes engañarme, creo que tú también lo has sentido.
Larry no podía hablar, se mantenía inexpresivo, aterrado. En ese momento Aston no lo sabía, puesto que no lo miraba, pero detrás de él tenía la imagen oscura, casi una sombra, alguien levitaba detrás de él.
Hace algún tiempo, buscando en los archivos del hospital, ví el retrato del anterior forense, antes que el señor Aston fuese práctico o se encargara del depósito de cadáveres.
Un suceso ocurrió en el centro médico, el forense Miller, mantenía mediante alcohol ciertos cuerpos en el depósito, probando que no se corrompiesen y así poder investigar con mayor tiempo, las causas de la muerte. Las continuas confrontaciones con los directores del hospital con respecto a los experimentos de Miller, provocaron en este un hilo lunático, egocéntrico y mezquino, provocando al final su destitución del cargo y su despido inminente del colegio de médico de Gran Bretaña.
En los años que sucedieron con posterioridad se comentan situaciones extrañas en el depósito, apagones de luz, puertas cerradas sin ninguna intencionalidad y constantes escenas de macabra realidad.
Esa noche recuerda Larry, no pudo dormir, salió como pudo de la sala de intervenciones, corrió por el pasillo, mientras sentía un aliento detrás de él, frío, helado, sombrío, aterrador.
Ya en el coche, creía no poder encender el contacto del vehículo, las manos le temblaban, sus dientes rechinaban. Consiguió encender el motor pero pisar el acelerador.
En ese mismo instante los cristales de su coche se empañaron, sintió de nuevo el aliento frío en su nuca, a través del cual recordó al señor Aston inerte tras preguntarle si lo había sentido. Abrió la puerta del coche y corrió hacia dentro por la puerta trasera del depósito.
Al entrar se quedó paralizado y verdaderamente asustado, el cuerpo del individuo asesinado no estaba en la mesa de autopsias. Hacía bastante frío dentro. Aston no estaba, había desaparecido. Recorrió el pasillo hacia el despacho de Aston, la luz blanca de las barras de luz habían disminuido en gran cantidad, se podía llegar palpando el recorrido. Como pudo fue dando paso tras paso, hasta llegar al despacho de Aston, lo que vio en la habitación le marcó de tal manera, que hasta hoy día mantiene la piel erizada de la nuca.
Todo estaba revuelto, papeles en el suelo cubiertos con una loción viscosa, oscura, pegajosa. El cristal de la ventana estaba roto, poco a poco fue acercándose a él, vio a Aston en el suelo, reventado médicamente, sus órganos vitales habían estallado con el impacto en el suelo, la sangre cubría un área comprendida alrededor del cuerpo.
El suicidio era evidente, pero qué o quién había sido la causa por la que había puesto fin a su existencia. A la mente de Larry llegó el caso de la esposa de Aston, según extrañas circunstancias, según el informe, se había suicidado de la misma manera que el marido acababa de hacerlo.
Larry se encontraba desconcertado, absuelto de todo valor, acción o medio de observación de la situación.
Ante él una sombra se erguía como baluarte canónico en un lugar santoral. Siendo observado, Larry pronunció unas palabras, la voz gutural atormentada contestaba en lenguas extrañas. El porqué de sus actos, siendo reales las experiencias, siendo fuertemente impresionables las evidencias. Larry no podía darse media vuelta, su cuerpo se encontraba totalmente estático, sin oportunidad de moverse, era incapaz.
La voz seguía emitiendo ciertos sonidos posiblemente en lenguas lejanas, antiguas, olvidadas, como sus emisores en cierto tiempo atrás.
La luz del habitáculo fue poco a poco sucediéndose de colores, hasta que el más intenso de todos fue el color rojo, emitido desde la sombra. Larry pudo comprobar cómo su cuerpo se transportaba hacia atrás, poco a poco se iba dando la vuelta, hasta que se colocó frente a frente y cara a cara con la sombra. Reaccionando con los ojos cerrados, cuya única parte corporal era la que tenía capacidad de mover, sintió acercarse a su cara el retrato de una sombra, la cual se estremecía con mayor intensidad cada centímetro que se acercaba.
Parecía tener reacción al acercarse a Larry, conclusión premeditada por este, una vez sucumbida la inerte posición corporal. Desplomado cayó al suelo, intentó huir, pero en ese mismo instante la intensidad de la luz se hizo casi infinita, y un sonido de estertor mortuorio quedó plasmado en la habitación y en el cerebro del propio Larry. Cada vez, hoy día, que ocurre o sucede un estertor moribundo en la esfera temporal del cerebro de Larry, las pupilas se dilatan, los ojos se aprietan, la cara se estremece, el cuerpo se contrae y la escena se repite una y otra vez.
La luz terminó, la sombra se desvaneció, Larry debilitado por el compresor psíquico y físico producido por la sombra, quedó quieto, estupefacto.
Solo pronuncia una frase: “dejad descansar a los muertos, ellos ya no son culpables”.







IVÁN SÁNCHEZ MARCOS
            “Aquello a lo que estamos acostumbrados, suele parecernos rotundamente extraño, una vez lo conocemos con total claridad”, cita del autor.

ESPACIO Y TIEMPO, DOS VERDADES IRREVOCABLES


ESPACIO Y TIEMPO


“DOS VERDADES IRREVOCABLES”













La tarde clarea con su manto veraniego una ciudad ajetreada por la rutina diaria, voluntaria, impuesta por un sistema en el que estamos, como si de una celda se tratase.
La empresa de trabajo temporal donde ha dejado el curriculum, ya son tres, le comenta, que de haber algún puesto de trabajo le avisaría por teléfono o por internet, siempre la misma cantinela rebotando una y otra vez en los oídos.
Sale de la oficina, volviendo al ajetreo urbano, coches sin parar en los pasos de peatones, bocinas sonando por cuestiones de tiempo y de espacio en la calzada.
Al fin y al cabo, sigue siendo rutina y más rutina, la que lleva a la sociedad tajantemente a vivir con el espacio y tiempo pegados a sus relojes, pero es necesario estar dentro y ser rentable, es primordial poder pagar lo debido, lo interpuesto, lo inamovible, si no se paga, la incertidumbre del qué será, qué vendrá, al no poder pagar. Por eso ha vuelto a entregar el curriculum en otra empresa, cualquier solución al espacio-tiempo por muy mala que sea, será ciertamente tranquilizadora, durante un tiempo al menos, será tranquilizadora.
Caminando de vuelta a casa, a sentarse en el sofá, no mirar la tele, porque no habrá nada que lo entretenga, en su cabeza, vuelve una y otra vez la misma desesperación, la misma incertidumbre, el mismo temor cotidiano.
A lo lejos tras varias calles cruzadas con el tin tin del semáforo, dándole prioridad al peatón, observa un lugar inesperado ante tanta amalgama de sonidos que le demuestra que está en el devenir de la vida rutinaria de una ciudad palpitante, un centro de actuación humana, donde la naturaleza es perspicaz ante los parkings, tuberías, alcantarillado que tiene debajo de sus pies, sabe cómo sobrevivir, conoce bien al enemigo y le planta cara, sin una victoria segura.
Al ver el espacio ultrajado al hormigón y al cemento, se siente deseoso de estar tan solo unos segundos junto a él, es un espacio donde a su alrededor, edificios, centros de trabajo y constantes carreteras le acechan continuamente mandándole un aviso, de que su tiempo llegará a su fin algún día, muy cercano por cierto.
Acomodado en el primer banco que observa bajo la protección de las hojas, ante la misiva intención del sol de internarse entre ellas, y darle unos cuantos de sus rayos en la cara, se siente a mirar entre sus hojas, a mirar a quien le rodea, quien se siente relajado por unos golpes de viento en el pelo, o por la feliz carcajada del nieto al que balancea en el columpio.
Una y otra vez el vuelo de los pájaros a su alrededor le hace mirar al cielo, mirar cómo el recorrido del sol se acerca cada vez más a su eterna puesta en el poniente.
Las sombras de las ramas reflejadas en el suelo, le hace creer en viejos recuerdos de la niñez, más cercana aún que el propio colapso de su alma viajando con Caronte al mundo donde las almas repletas de añoranza, recuerdan viejos pasajes de sus estrechas vidas pasadas.
Esto le hace pensar en el mañana, por solo un instante, programa como será su vida con ella, cuánto tiempo seguirá diciendo te quiero, cuánto tiempo seguirá escuchando el mismo perplejo sentimiento instaurado entre ambos por el que se lucha continuamente, no solo para que no se despida, o tal vez deje de quedarse quieto, sino para que cada día o minuto que ocurra desde aquel mismo instante en el que juntos unieron sus vidas, siga siendo cada vez más y más enorme.
El ensordecedor de un ciclomotor comandado por un joven le hace dar paso al proceso de inspirar, ese aire encaramado en un minúsculo centro urbano cuyo alrededor se despierta una agónica esencia de mordaz atropello de este enorme y a la vez tan pequeño lugar en el que el espacio-tiempo se quedan inertes.
Ha llegado la hora, mira su reloj, es la hora de la partida a casa, la realidad constante llama otra vez a su puerta, constante tanto como el deseo de que una llamada cambie una vida, en el que un minuto de existencia cada vez más desbordada por la incertidumbre se pueda convertir, en un hilo inesperado de esperanza, de futuro, de mañana.


Ahora saliendo del minúsculo cerco interno en el que se había sometido al viento, a las sombras de las ramas reflejadas en el suelo, al cantar de los pájaros. Va desapareciendo poco a poco, se va alejando en cada paso que da, se va acercando al lado opuesto, contrario, inverso de donde se encontraba.
Pulsa el botón del ascensor, se abre la puerta, sube en una voraz maquinaria hacia su anterior vida, la nueva la ha dejado sentada en aquel banco, en aquel destello de tranquilidad, en aquel lugar de un mañana, donde la propia existencia ha sido capaz de demostrarle lo vivo, lo feliz, lo vital de una vida misma avocada sin quererlo al futuro más inmediato de una realidad social claramente ennegrecida.







IVÁN SÁNCHEZ MARCOS
“aquello en lo que soñamos, demuestra la añoranza viva de lo que no se cumple, de lo no realizado, de lo posiblemente imposible, que es seguir soñando”