ESPACIO
Y TIEMPO
“DOS
VERDADES IRREVOCABLES”
La tarde clarea con su manto
veraniego una ciudad ajetreada por la rutina diaria, voluntaria, impuesta por
un sistema en el que estamos, como si de una celda se tratase.
La empresa de trabajo temporal
donde ha dejado el curriculum, ya son tres, le comenta, que de haber algún
puesto de trabajo le avisaría por teléfono o por internet, siempre la misma
cantinela rebotando una y otra vez en los oídos.
Sale de la oficina, volviendo al
ajetreo urbano, coches sin parar en los pasos de peatones, bocinas sonando por
cuestiones de tiempo y de espacio en la calzada.
Al fin y al cabo, sigue siendo
rutina y más rutina, la que lleva a la sociedad tajantemente a vivir con el
espacio y tiempo pegados a sus relojes, pero es necesario estar dentro y ser
rentable, es primordial poder pagar lo debido, lo interpuesto, lo inamovible,
si no se paga, la incertidumbre del qué será, qué vendrá, al no poder pagar.
Por eso ha vuelto a entregar el curriculum en otra empresa, cualquier solución
al espacio-tiempo por muy mala que sea, será ciertamente tranquilizadora,
durante un tiempo al menos, será tranquilizadora.
Caminando de vuelta a casa, a
sentarse en el sofá, no mirar la tele, porque no habrá nada que lo entretenga,
en su cabeza, vuelve una y otra vez la misma desesperación, la misma
incertidumbre, el mismo temor cotidiano.
A lo lejos tras varias calles
cruzadas con el tin tin del semáforo, dándole prioridad al peatón, observa un
lugar inesperado ante tanta amalgama de sonidos que le demuestra que está en el
devenir de la vida rutinaria de una ciudad palpitante, un centro de actuación
humana, donde la naturaleza es perspicaz ante los parkings, tuberías,
alcantarillado que tiene debajo de sus pies, sabe cómo sobrevivir, conoce bien
al enemigo y le planta cara, sin una victoria segura.
Al ver el espacio ultrajado al
hormigón y al cemento, se siente deseoso de estar tan solo unos segundos junto
a él, es un espacio donde a su alrededor, edificios, centros de trabajo y
constantes carreteras le acechan continuamente mandándole un aviso, de que su
tiempo llegará a su fin algún día, muy cercano por cierto.
Acomodado en el primer banco que
observa bajo la protección de las hojas, ante la misiva intención del sol de
internarse entre ellas, y darle unos cuantos de sus rayos en la cara, se siente
a mirar entre sus hojas, a mirar a quien le rodea, quien se siente relajado por
unos golpes de viento en el pelo, o por la feliz carcajada del nieto al que
balancea en el columpio.
Una y otra vez el vuelo de los
pájaros a su alrededor le hace mirar al cielo, mirar cómo el recorrido del sol
se acerca cada vez más a su eterna puesta en el poniente.
Las sombras de las ramas
reflejadas en el suelo, le hace creer en viejos recuerdos de la niñez, más
cercana aún que el propio colapso de su alma viajando con Caronte al mundo
donde las almas repletas de añoranza, recuerdan viejos pasajes de sus estrechas
vidas pasadas.
Esto le hace pensar en el mañana,
por solo un instante, programa como será su vida con ella, cuánto tiempo
seguirá diciendo te quiero, cuánto tiempo seguirá escuchando el mismo perplejo
sentimiento instaurado entre ambos por el que se lucha continuamente, no solo
para que no se despida, o tal vez deje de quedarse quieto, sino para que cada
día o minuto que ocurra desde aquel mismo instante en el que juntos unieron sus
vidas, siga siendo cada vez más y más enorme.
El ensordecedor de un ciclomotor
comandado por un joven le hace dar paso al proceso de inspirar, ese aire
encaramado en un minúsculo centro urbano cuyo alrededor se despierta una
agónica esencia de mordaz atropello de este enorme y a la vez tan pequeño lugar
en el que el espacio-tiempo se quedan inertes.
Ha llegado la hora, mira su
reloj, es la hora de la partida a casa, la realidad constante llama otra vez a
su puerta, constante tanto como el deseo de que una llamada cambie una vida, en
el que un minuto de existencia cada vez más desbordada por la incertidumbre se
pueda convertir, en un hilo inesperado de esperanza, de futuro, de mañana.
Ahora saliendo del minúsculo
cerco interno en el que se había sometido al viento, a las sombras de las ramas
reflejadas en el suelo, al cantar de los pájaros. Va desapareciendo poco a
poco, se va alejando en cada paso que da, se va acercando al lado opuesto,
contrario, inverso de donde se encontraba.
Pulsa el botón del ascensor, se
abre la puerta, sube en una voraz maquinaria hacia su anterior vida, la nueva
la ha dejado sentada en aquel banco, en aquel destello de tranquilidad, en
aquel lugar de un mañana, donde la propia existencia ha sido capaz de demostrarle
lo vivo, lo feliz, lo vital de una vida misma avocada sin quererlo al futuro
más inmediato de una realidad social claramente ennegrecida.
IVÁN SÁNCHEZ MARCOS
“aquello en lo que soñamos,
demuestra la añoranza viva de lo que no se cumple, de lo no realizado, de lo
posiblemente imposible, que es seguir soñando”
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